Mapa manuscrito y coloreado del siglo XVIII con la parte occidental de Canarias: junto a La Palma, El Hierro, La Gomera y Tenerife, a la izquierda, una isla alargada con el nombre de San Borondón
i24Esther•7 de noviembre de 2026

San Borondón: la isla que aparece y desaparece

Si te preguntan cuántas islas forman Canarias, hoy la respuesta correcta es ocho: las siete islas con administración propia y La Graciosa, tal como las enumera el Estatuto de Autonomía de 2018. A la más pequeña la presentamos en nuestro artículo sobre las islas tranquilas.

En los mapas antiguos, sin embargo, había una más.

No un peñasco olvidado, sino una isla que, en una sola investigación oficial, más de cien testigos vieron en el horizonte occidental, que los reyes regalaron y que varias expediciones salieron a buscar. Se llama San Borondón. Según los testimonios, aparece y luego desaparece antes de que nadie consiga llegar. Un estudio publicado en España en 1950 todavía se titulaba «La octava isla». Desde que contamos La Graciosa, ya sería la novena.

Lo que afecta a tu viaje, mejor decirlo desde el principio: a San Borondón no se puede llegar en barco, porque como tierra firme no existe. Ya lo escribió un capitán general de Canarias en 1721. Pero lo que la gente vio es real, y en La Palma todavía hay un sitio desde el que puedes mirar al oeste a buscarla. Te contamos qué sabemos con certeza y qué no.

Un monje y una ballena

El nombre viene de un monje irlandés. San Brendan, en castellano Brandán, vivió en el siglo VI y fundó el monasterio de Clonfert, en Irlanda. Según la leyenda, se hizo a la mar con catorce frailes para buscar la tierra prometida a los santos.

Por el camino encontraron varias islas fabulosas, y de una de ellas salió más tarde San Borondón. Los monjes desembarcaron, encendieron fuego y la isla empezó a moverse bajo sus pies, como si fuera una ola. Brandán les explicó entonces que no estaban en una isla, sino sobre el pez más grande del mar, que siempre intenta juntar la cola con la cabeza y no lo consigue por su tamaño. Se llama Jasconio.

El texto latino que cuenta la historia, la Navigatio, fue uno de los libros más leídos de la Edad Media. Se conservan un centenar de manuscritos con la versión latina completa y, además, cerca de cincuenta resúmenes, imitaciones y versiones en lenguas vulgares. El nombre del santo vive en castellano en muchísimas formas (Brendán, Brandán, Brandón, e incluso Bolondrón), y en Canarias acabó siendo San Borondón.

De los primeros pobladores de las islas, los aborígenes, no se ha conservado ningún testimonio de que la conocieran. Si la vieron o no, no lo sabemos. Sobre ellos escribimos más en nuestro artículo sobre los guanches.

1570, el año de San Borondón

Hay un año en el que merece la pena detenerse, porque en él está todo. En 1570 la isla apareció tantas veces por el oeste que dos historiadores, Luis Regueira Benítez y Manuel Poggio Capote, lo llaman sin más «el año de San Borondón».

El 3 de abril, Hernán Pérez de Grado, regente de la Real Audiencia de Canarias, encargó a las justicias de La Palma, El Hierro y La Gomera que reunieran todos los datos posibles e interrogaran a cuantos hubieran visto la isla. El gobernador de El Hierro, Alonso de Espinosa, recogió más de cien declaraciones, y los testigos coincidían en haberla visto hacia el noroeste. Su informe no se conserva.

La declaración más sorprendente se oyó en La Palma. Pero Velo, un piloto portugués de Setúbal, contó que, volviendo de Brasil, durante una tormenta, había desembarcado en San Borondón. Vio enormes pisadas en la arena, restos de una hoguera con comida, mucho ganado y una cruz clavada en un árbol. Una nube espesa le obligó a volver al barco, y dos de sus marineros se quedaron en tierra. Al día siguiente, cuando fue a recogerlos, la isla había desaparecido. Si los marineros que se quedaron eran dos o tres, ni siquiera las crónicas se ponen de acuerdo: Leonardo Torriani habla de tres.

Ese mismo año, Hernando de Villalobos, regidor de La Palma, salió a buscar la isla con tres navíos y, según los cronistas, volvió «con las manos vacías». En el Archivo General de La Palma, además, aparecieron los documentos de una segunda expedición organizada por las mismas fechas: la preparó el médico Melchor de Lugo con algunos vecinos importantes de Santa Cruz de La Palma. El estudio de los dos historiadores sobre ella se puede leer en abierto.

Cartas de donación reales para una tierra nunca encontrada

La fiebre de 1570 no salió de la nada. A mediados del siglo XV, la existencia de la isla parecía tan segura que el rey Alfonso V de Portugal llegó a cederla varias veces a distintas personas. Gonzalo Fernandes, vasallo del infante don Fernando, hermano del rey, la vio en 1461 al volver de las pesquerías de Río de Oro, y Ruy Gonçalves da Câmara obtuvo el 21 de junio de 1473 la donación de una isla que él mismo había visto. Según los historiadores, aquellas cartas eran papel mojado, porque solo valían algo si la expedición tenía éxito.

Castilla tampoco se quedó al margen. En 1519, Francisco Fernández de Lugo, regidor de La Palma, propuso a la Corona ir con tres navíos a «arar la mar» durante un año si hacía falta, hasta dar con la isla que tantas veces divisaba desde La Palma y a la que llamaba Sant Blandián. A cambio pedía el título de capitán general. La capitulación de Gabriel de Socarrás, de 1537, habla ya de la isla de San Bernardo, y según un investigador ese nombre quizá solo servía para evitar el de San Borondón, que sonaba demasiado fantástico para que el emperador Carlos se lo tomara en serio. Según un estudio de historia literaria, un tratado hispanoportugués firmado en Évora en 1519 la menciona con el nombre de «Non Trubada» o «Encubierta».

Los cartógrafos también la dibujaron. El planisferio del siglo XV del presbítero genovés Bartolomeo Pareto señala al oeste las «islas afortunadas de San Brandán» (Insulse fortunate sancti Brandanay). En el mapa francés de Guillaume Delisle, de 1707, aparece una pequeña mancha al oeste de El Hierro con una leyenda: en esos parajes «algunos autores han situado la fabulosa isla de San Borondón». El mapa manuscrito de la foto de portada, el Plan de las Afortunadas Islas del Reino de Canarias, se dibujó probablemente en la década de 1760, a plumilla y coloreado a la acuarela, y en él, al oeste de El Hierro, figura también San Borondón. La versión digitalizada puedes verla en la biblioteca virtual del Ministerio de Defensa.

Expediciones que encontraron nubes

Según un estudio canario, entre los siglos XVI y XVIII salieron a buscarla al menos cuatro expediciones, y solo del siglo XVI hay noticia de al menos once avistamientos o desembarcos. Las más importantes:

  • 1526: Fernando Álvarez y Fernando de Troya se hicieron a la mar, para cosechar otro fracaso.

  • 1556: el portugués Roque Nunes, con dos de sus hijos y el cura Martín de Araña, llegó cerca de la isla, pero no desembarcaron porque no se pusieron de acuerdo sobre quién debía pisarla primero.

  • 1570: los tres navíos de Villalobos, con las manos vacías.

  • 1604: el piloto Gaspar Pérez de Acosta y el franciscano fray Lorenzo Pinedo salieron el 9 de agosto de Santa Cruz de La Palma. Fijaron con precisión la posición de la isla desde los pueblos de Tijarafe y Puntagorda, navegaron muchos días por aquella zona y no encontraron el más mínimo indicio. Según un resumen actual, al oeste solo vieron nubes y celajes.

  • 1721: en plena crisis económica, con catástrofes naturales y epidemias, el capitán general Juan Mur vio en la isla una posible salida y envió una expedición al mando del capitán Juan Franco de Medina, que partió el 11 de noviembre.

La carta de Mur sobre el resultado sigue siendo el resumen más breve: despachó la balandra San Telmo bien equipada, con dos frailes, y «no dieron con ella porque no la hay». (Una fuente más antigua da como jefe de la expedición al capitán Gaspar Domínguez, pero según la investigación de archivo es un error).

La fotografía, 1958

Los avistamientos no se acabaron. En El Hierro, el 29 de julio de 1723, una multitud vio la isla: fray Luis Rey estaba preparado para un exorcismo contra la plaga de langosta que asolaba la isla y tuvo que improvisar otro contra San Borondón. En 1730 la dibujó Juan Smalley, beneficiado de Tijarafe. En La Gomera, desde Alajeró, el 3 de mayo de 1759 a las seis de la mañana, un franciscano también la dibujó, a la vista del cura y de otras cuarenta personas.

Luego llegó la cámara. El fotógrafo Manuel Rodríguez Quintero (vivió entre 1897 y 1971) captó la silueta de la isla desde Las Martelas, en el municipio de Los Llanos de Aridane. La imagen se dio a conocer unos meses después, en agosto de 1958: Luis Diego Cuscoy escribió sobre ella en el diario ABC del 10 de agosto, con el titular de que la isla errante de San Borondón había sido fotografiada por primera vez.

Otra grabación se hizo el 18 de octubre de 2003, y desde el lugar más inesperado: el escritor y periodista Jaime Rubio Rosales grabó en vídeo desde San Andrés y Bañaderos, en Gran Canaria, unas protuberancias que asomaban al noroeste, frente a la costa de Anaga, en Tenerife.

Lo que sabemos con certeza

La isla no existe como tierra firme. Según los historiadores, el capitán general tenía razón en 1721.

Lo que es indiscutible es que la isla se ve. Hay testigos cuya credibilidad está fuera de duda: el franciscano fray Bartolomé Casanova vio en 1556 una isla enorme desde Tenerife, frente a la costa de la Punta de Teno, y según los investigadores declaraciones como esa confirman un efecto óptico real.

La explicación tardó en madurar. José de Viera y Clavijo dedicó en su historia de Canarias de 1772 un capítulo propio a «La famosa cuestión de San Borondón» y distinguió tres posturas; la tercera era la de los críticos y filósofos, para quienes la isla solo existe en nuestros ojos o en nuestra imaginación. La idea de que una nube reflejara la imagen de La Palma le pareció a Viera más brillante que sólida. En el siglo XIX se impuso definitivamente la teoría del espejismo. Francis Coleman Mac-Gregor, cónsul británico en Tenerife, la llamaba fata morgana, y un cronista palmero escribió que por entonces la isla se veía con mucha frecuencia, pero ya nadie creía en su existencia.

Qué es una fata morgana lo explica así el meteorólogo José Miguel Viñas. Es el espejismo superior, que se produce cuando hay una fuerte inversión térmica cerca de la superficie del mar: sobre la capa fina de aire frío que reposa sobre el agua fría se sitúa otra de aire más templado. La frontera entre las dos actúa como una potente lente, y la imagen invertida de lo que está en el horizonte aparece encima de su posición original, como si flotara en el aire. Las dos imágenes se solapan, y por eso el objeto, por ejemplo un perfil de costa, se alarga en vertical.

Lo que no sabemos

No sabemos exactamente qué fenómeno óptico hubo detrás de cada avistamiento. Los historiadores hablan de refracción, de reflexión o de «cualquier otro fenómeno óptico», y ya Viera dudaba de qué clase de ilusión se trataba. En la AEMET no hemos encontrado material sobre San Borondón, ni tampoco un análisis respaldado por mediciones de un solo avistamiento canario concreto.

No sabemos dónde estuvieron de verdad quienes declararon haber desembarcado. Los investigadores ven en algunos de ellos a navegantes desorientados que no estaban donde creían estar; en otros casos lo dudoso es la credibilidad del testigo, como la de Ceballos, que había huido de España tras cometer un homicidio. Qué tierra pisó Pero Velo, no lo sabemos.

No sabemos si la expedición de Melchor de Lugo llegó a zarpar: la preparación minuciosa lo hace pensar, pero de la salida no queda constancia escrita. Las cien declaraciones de Espinosa se han perdido. Y si la posterior ruina de la familia Villalobos se debió al viaje de 1570, los propios investigadores lo califican de pura especulación.

Por qué el archipiélago sigue mirando al oeste

La ciencia le quitó la isla, la cultura se la quedó. En febrero de 1865, el semanario palmero El Time publicó en quince entregas el viaje de un tal Sancho Sánchez a San Borondón, que volvió diciendo que la isla existe, que la había visto con sus propios ojos y la había tocado con sus pies. Entre 1865 y 1880, la prensa de La Palma usó San Borondón para criticar la política y la sociedad locales: la isla inventada se convirtió en el espejo de La Palma.

Ese espejo sigue funcionando hoy. Los Sabandeños grabaron en 1980 una murga sobre ella, y la canción del Trío Zapatista de 2011 habla de huir a San Borondón de los problemas de cada día, porque allí no hay hipotecas y las suegras tampoco llegan. En la novela de 1996 del escritor herreño Juan Pedro Castañeda, la imaginaria Oceánida está más allá del antiguo meridiano cero, frente a Orchilla, la punta más occidental de El Hierro. Por qué el fin del mundo estaba precisamente ahí te lo cuenta nuestro artículo sobre los faros de Canarias. En 2005, en La Recova de Santa Cruz de Tenerife, una exposición presentó el viaje a San Borondón del naturalista inglés Edward Harvey en 1865. Ni el naturalista ni el viaje existieron nunca.

Hay una coincidencia que vale la pena ver. El mismo año, 1604, en que Pérez de Acosta se hizo a la mar, se publicó también el poema épico de Antonio de Viana del que nace la leyenda de la princesa Dácil. Nuestro artículo sobre Dácil le da vueltas a la misma pregunta que este: dónde termina la historia y dónde empieza la leyenda.

Dónde mirar al oeste

San Borondón no espera a tu barco, pero el horizonte occidental puede mirarlo cualquiera.

  • Tazacorte, La Palma: en la costa de Tazacorte, sobre una terraza natural encima del océano, está el mirador de San Borondón, con dos paneles informativos. Se llega fácilmente a pie, no tiene aparcamiento, y los servicios están en el Puerto de Tazacorte. Desde mediados de otoño se ven bien desde aquí la Estrella Polar y Casiopea; sobre la observación de estrellas en La Palma escribimos en nuestro artículo sobre dónde ver las estrellas.

  • Tijarafe, La Palma: desde este pueblo se fijó en 1604 la posición de la isla, y su cura la dibujó en 1730. Aquí está el Mirador El Time, con vistas al valle de Aridane. Los demás miradores de la isla los reúne nuestro artículo sobre los mejores miradores de La Palma, y el programa completo, nuestra guía de La Palma.

  • El Hierro: el extremo occidental de la isla, alrededor del faro de Orchilla, por donde pasaba el antiguo meridiano cero. Para el resto de la isla, mira nuestra guía de El Hierro.

  • La Gomera: el dibujo de 1759 se hizo desde Alajeró. Lo que ver en la isla lo hemos reunido en nuestra guía de La Gomera.

La próxima vez que estés en la costa de La Palma o de El Hierro y se dibuje la silueta de una isla donde, según el mapa, solo hay mar, ¿qué verás en ella: una nube, un reflejo o una isla a la que desde hace siglos nadie ha conseguido llegar?


Fuentes: Regueira Benítez, L. y Poggio Capote, M.: Una expedición de Melchor de Lugo para descubrir la isla de San Borondón (1570), Anuario de Estudios Atlánticos 53 (2007); Chaparro Domínguez, M. Á.: Revisión del mito geográfico de San Borondón y aproximación a su huella en la literatura y otras artes, Revista de Filología Románica 30/2 (2013, Universidad Complutense); Pérez Hernández, J. E.: Una isla y su sombra. San Borondón en la prensa decimonónica de La Palma, Revista de Historia Canaria 180 (1998, Universidad de La Laguna); Biblioteca Virtual de Defensa (Plan de las Afortunadas Islas del Reino de Canarias); Library of Congress (Delisle, 1707); Lanzarotto Malocello from Italy to the Canary Islands (Ministerio de Defensa de Italia); José Miguel Viñas: Barcos voladores y otros espejismos marinos; BOE (Estatuto de Autonomía de Canarias de 2018); Hello Canary Islands (Turismo de Islas Canarias); Libertad Digital.

Foto de portada (recortada): parte occidental del mapa manuscrito Plan de las Afortunadas Islas del Reino de Canarias, con San Borondón (década de 1760). Ministerio de Defensa, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons. La imagen recortada se puede usar bajo la misma licencia.

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