
Qué ver en El Hierro: la isla más salvaje de Canarias
El Hierro es la isla que casi nadie nombra primero, y ahí está buena parte de su encanto. Es la más pequeña y la más occidental de las Canarias, la que menos gente pisa y la que mejor se ha guardado. Toda ella es Reserva de la Biosfera desde el año 2000 y Geoparque Mundial de la UNESCO desde 2014 (el primero de Canarias), y no es un sello vacío: aquí un bosque de sabinas retorcidas por el viento, un fondo marino que los buceadores ponen entre los mejores del mundo y unas piscinas de lava caben en la misma media hora de coche. La pregunta no es tanto qué ver en El Hierro, sino con cuánta calma vas a dejar que la isla te lo enseñe.
Aquí no están todos los rincones (para eso tienes el mapa entero en islas24). Están los imprescindibles, ordenados por lo que te pida el cuerpo ese día: el mirador, la naturaleza más bruta, el mar y la historia que se te queda pegada.
El Mirador de la Peña y el valle de El Golfo
Si solo tuvieras tiempo para un sitio, sería este balcón. El Mirador de la Peña es obra de César Manrique, el artista lanzaroteño que enseñó a Canarias a mirarse a sí misma, y está a unos 700 metros de altura sobre Guarazoca, en el norte de la isla. Manrique lo diseñó a comienzos de los años ochenta respetando la arquitectura herreña de piedra, con grandes ventanales y plantas por todas partes, y se inauguró en 1996. Fue declarado Bien de Interés Cultural.
Lo que se ve desde aquí explica media isla: el valle de El Golfo, una enorme herradura verde abierta al Atlántico que en realidad es la cicatriz de un gigantesco deslizamiento de terreno, con sus viñedos y sus platanales bajando hasta un mar que casi siempre está azul. La visita al mirador es libre y no hace falta reservar, pero si quieres comer en su restaurante mirando ese paisaje (papas arrugadas, pescado fresco, quesos de la isla), reserva mesa en temporada alta. Un truco de los de aquí: ve a media mañana con el cielo limpio, porque a última hora la bruma sube por el valle y te tapa la vista justo cuando ibas a hacer la foto.
El Sabinar y las cumbres: la isla que dobla el viento
El El Sabinar es la imagen que se te queda de El Hierro cuando cierras los ojos. En este rincón del oeste crecen las sabinas, unos árboles que el viento constante ha ido doblando durante siglos hasta dejarlos casi tumbados en el suelo, retorcidos como si estuvieran peinados hacia un lado. No es una poda ni un capricho: nacieron en una de las zonas más ventosas de la isla y crecieron agachándose. Se ha convertido en el símbolo de El Hierro, y verlos de cerca, en silencio, con el viento silbando, es de esas cosas que no se explican bien en una foto. Un ruego, eso sí: las sabinas son monumentos naturales delicadísimos, y el afán por la foto perfecta les está haciendo daño. No te subas a sus ramas ni pises sus raíces; contémplalas con respeto y a distancia, para que sigan en pie otros cien años.
Muy cerca, hacia el centro, está el techo de la isla: el Pico de Malpaso, el punto más alto de El Hierro con 1.501 metros. No es una cumbre espectacular como el Teide, pero desde las alturas de la isla, ya lejos de la costa, se abre un paisaje de brezales, pinar y niebla que no esperarías en una isla tan pequeña. Y como aquí apenas hay contaminación lumínica, El Hierro es uno de los mejores sitios del archipiélago para mirar el cielo: si vas a tiro hecho, en nuestra guía de dónde ver las estrellas en Canarias tienes los mejores puntos y las fechas clave.
La Restinga y el Mar de las Calmas: el mejor buceo de Canarias
En la punta sur de la isla, La Restinga es el pueblo pesquero más al sur de Europa y la meca del buceo canario. Frente a su costa se extiende el Mar de las Calmas, una franja de agua protegida como Reserva Marina desde 1996 que hace honor a su nombre: aguas transparentes, tranquilas y templadas casi todo el año, con fondos volcánicos llenos de vida donde no es raro cruzarse con meros, bancos de peces y, con suerte y en su época, mantas o tiburones ballena. Los buceadores la colocan entre los mejores destinos de inmersión del mundo, y no exageran.
Bucear aquí tiene reglas, y son buenas noticias: al ser reserva marina, el acceso está regulado y en muchos puntos hay un máximo de doce buceadores por inmersión, lo que mantiene el fondo sano y el agua clara. Se bucea siempre con los centros autorizados del pueblo, que gestionan los permisos y las plazas. Aunque no te tires al agua, La Restinga merece la parada por su ambiente marinero, su lonja y el pescado recién sacado en los restaurantes del puerto. Si lo tuyo es el baño más que la botella, en dónde bañarte en El Hierro: playas y piscinas naturales te contamos dónde darte el mejor chapuzón de la isla.
Las piscinas naturales, el Faro de Orchilla y el Garoé
El Hierro casi no tiene playas de arena, y las suple con algo mejor: piscinas naturales de lava. En la bahía de El Golfo, en el norte, están las más conocidas. La Charco Azul es un pequeño estanque medio escondido bajo un arco de basalto que da la sensación de estar bañándote dentro de una cueva, y es de los rincones más fotografiados de la isla. A diferencia de La Maceta, apenas tiene protección frente al mar abierto, así que su acceso puede estar cerrado temporalmente por desprendimientos o fuerte oleaje: consulta el estado del mar antes de bajar. Un poco más allá, La Maceta son varias pozas al pie de un acantilado bajo, protegidas del oleaje. Son sitios preciosos, pero el mar de El Hierro es bravo: báñate solo con la marea baja y el agua tranquila, respeta las banderas y no te fíes si ves marejada, porque cuando el Atlántico entra con fuerza estos charcos dejan de ser un juego. Y si buscas algo aún más auténtico, desvíate al Pozo de las Calcosas, un minúsculo poblado de pescadores encajado bajo el acantilado en el norte, famoso por sus casas de piedra volcánica con tejado de colmo (paja) y sus pozas naturales que se llenan con la marea. El acceso, por un sendero con tramos de escalera desde El Mocanal, no es cómodo, pero el sitio es de otro mundo.
Y en el extremo suroeste, al final de una pista larga entre coladas de lava negra, está el Faro de Orchilla, uno de los sitios con más historia de todo el archipiélago. Durante siglos, este cabo marcó el final del mundo conocido: desde que Francia lo decretó en 1634, y siguiendo una tradición que venía del geógrafo Ptolomeo, el Meridiano Cero pasaba por El Hierro, y así aparecía en más de mil mapas antiguos. No fue hasta 1884 cuando el mundo acordó trasladar ese meridiano a Greenwich. Estar aquí, donde durante tanto tiempo "empezaba" la longitud del planeta, tiene algo que sobrecoge.
No te vayas sin conocer la historia del Garoé, el Árbol Garoé, el árbol sagrado de los bimbaches, los antiguos habitantes de la isla. Cuenta la leyenda que era un árbol que "daba agua": sus hojas atrapaban la humedad de la niebla y la dejaban caer gota a gota, y en una isla sin apenas manantiales era su bien más preciado. Dice la tradición que los conquistadores solo lograron someterlos cuando descubrieron dónde estaba el árbol. El original cayó hace siglos, pero en su lugar crece hoy otro tilo, y el sitio, entre helechos y bruma, sigue teniendo algo de sagrado.
Cómo organizar la visita
El Hierro se recorre despacio, y esa es la clave para disfrutarla. Es pequeña (la cruzas en poco más de una hora), pero de carreteras estrechas y llenas de curvas, así que las distancias del mapa engañan: calcula tiempo de sobra entre un sitio y otro. A grandes rasgos hay tres mundos: el norte verde del valle de El Golfo, con el mirador y las piscinas; el sur del mar, con La Restinga y el buceo; y el interior de cumbres, sabinas y estrellas. Con dos o tres días completos ves lo esencial sin agobios, y toda la isla invita a no correr.
Hay una historia que lo resume todo, y es de las que enorgullecen a los herreños: aquí está Gorona del Viento, una central que combina un parque eólico con una central hidroeléctrica y que, en 2015, convirtió a El Hierro en la primera isla del mundo capaz de abastecerse por completo con energía renovable. No siempre funciona al cien por cien, pero la idea de una isla que aspira a vivir de su propio viento y su propia agua dice mucho de este lugar: pequeño, tozudo y adelantado a su tiempo.
El coche es prácticamente imprescindible para llegar a los mejores rincones, muchos al final de una pista de tierra o de una carretera de curvas. En islas24 tienes cada uno de estos lugares con su ubicación, cómo llegar y qué esperar, para que montes tu ruta sin sorpresas. Elige por dónde empezar y deja que la isla más salvaje de Canarias haga el resto.