
El Sabinar de El Hierro: el árbol que dobló el viento
Hay una foto que ha visto casi todo el que ha tenido algo que ver con El Hierro. Un árbol que no está de pie, sino tumbado. El tronco gira en ángulo, las ramas apuntan al suelo, y el conjunto parece como si alguien lo hubiera empujado contra la tierra y él se hubiera quedado ahí.
El primer pensamiento es siempre el mismo: este árbol está dañado.
No está dañado. Creció así.
La diferencia es mucho mayor de lo que suena. No se trata de que un temporal lo partiera y el árbol sobreviviera. Se trata de que el árbol creció durante toda su vida dentro de la forma del viento, rama a rama, década a década, y el resultado es exactamente lo que menos resistencia ofrece.
Dónde está
El Sabinar ocupa el extremo occidental de El Hierro, en el municipio de La Frontera, dentro del Parque Rural de Frontera. Es el único sabinar de la isla, con unas 262 hectáreas, y no hay nada equivalente fuera de allí.
La mayoría de los ejemplares son sabina canaria (Juniperus turbinata subsp. canariensis). Es un arbusto o arbolillo perenne, muy ramificado, que suele alcanzar entre cuatro y seis metros de altura.
Pero en la meseta de La Dehesa, donde el alisio sopla sin descanso, estos ejemplares no crecen hacia arriba. El tronco y las ramas se retuercen y adoptan lo que la literatura llama forma en bandera: la copa peinada entera hacia un lado, como si al árbol le faltara la mitad.
Por qué no se parte
Aquí está el mecanismo que lo explica todo.
Un árbol que se planta frente al viento se tensa en cada racha. Un árbol que crece en la dirección del viento no se tensa: se aparta. El crecimiento es lento, así que la adaptación no es una decisión, es una suma. Cada año añade un poco más a la forma que en ese punto concreto resulta más barata.
Por eso parece que se inclina. No es reverencia, es estática.
Y por eso esta forma no se puede reproducir en otro sitio. Una sabina canaria plantada en un jardín no acaba así, porque no tiene a qué amoldarse. La forma no es de la especie, es del lugar.
Lo que sabemos con seguridad
La sabina es el símbolo vegetal oficial de El Hierro, y figura en el escudo del municipio de La Frontera. En la isla se la menciona junto al lagarto gigante de El Hierro como los dos seres vivos por los que se reconoce el territorio.
La superficie del sabinar y su composición están documentadas, protegidas, y forman parte del Parque Rural de Frontera. No es un rincón salvaje olvidado, sino un espacio inventariado y gestionado.
Lo que no sabemos
Y ahora lo que los pies de foto no suelen añadir.
No sabemos con exactitud qué edad tienen estos árboles. En la sabina la datación es difícil: crece despacio, el tronco se retuerce y a menudo se ahueca, y el recuento regular de anillos muchas veces no da un resultado fiable. Las cifras que circulan suelen ser estimaciones, no mediciones.
Tampoco sabemos hasta qué punto el ejemplar más famoso es representativo. Ese árbol de las fotos es una forma excepcionalmente espectacular. Cuánto de eso se aplica al sabinar entero es algo que las imágenes no cuentan, porque siempre enseñan el mismo árbol.
La distinción parece menor hasta que llegas, y descubres que la mayoría de los árboles son bastante más discretos. La decepción no es del sitio, sino del marco con el que llegaste.
Si vas
Dos cosas que no son decoración.
No te subas, y no pises las raíces. Son árboles resultado de siglos de adaptación, con un sistema radicular superficial y frágil. La foto por la que vas seguirá ahí mañana si hoy no la pisas.
El viento no hace una pausa por ti. En la meseta de La Dehesa el alisio es el estado base, no el parte meteorológico. Vístete pensando que vas a estar de pie en el viento, no que vas a pasear.
Si estás planificando la isla entera, nuestro artículo sobre qué ver en El Hierro coloca el sabinar dentro de la ruta del día, junto al Mirador de la Peña y el Mar de las Calmas.
Y entonces qué estás mirando
Cuando estás allí de pie, no estás mirando un árbol bonito.
Estás mirando el resultado de una negociación de décadas en la que una parte nunca cedió y la otra nunca paró. El árbol no ganó, y tampoco perdió. Simplemente adoptó la forma en la que podía quedarse.
Queda la pregunta de si eso se llama derrota, cuando un árbol lleva cuatro siglos en pie sin haber estado nunca recto.
Foto de portada: Desde un tajinaste, CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.

