
La cochinilla: el insecto que fue el 90 por ciento de lo que exportábamos
Entre Guatiza y Mala, en el noreste de Lanzarote, la carretera cruza kilómetros de tuneras plantadas en hileras. No es paisaje espontáneo: es un cultivo, y de los raros.
Sobre esas palas vive un insecto diminuto y blanquecino. Si lo aplastas entre los dedos, sale rojo. Un rojo intenso, difícil de conseguir por otros medios, y que durante veinte años fue lo que sostuvo la economía de las islas.
Qué es exactamente
La cochinilla es un insecto originario de México que vive parasitando la tunera, el nopal. La hembra produce ácido carmínico, el compuesto que da ese rojo.
El proceso es simple y no ha cambiado: se recoge a mano, se seca y se muele. De ahí sale el carmín, un colorante natural que hoy sigue usándose en alimentación y cosmética.
Ese pintalabios rojo, ese yogur de fresa, esa bebida rosada: en muchos casos, el color viene de un insecto que creció en una tunera.
Veinte años de riqueza, y un final abrupto
Esta es la parte que sorprende.
El cultivo despegó cuando se legalizó el comercio exterior, y las tuneras se multiplicaron en las islas a principios del siglo XIX. El destino era la industria textil de Francia y del Reino Unido, que pagaba muy bien por un rojo estable.
La época dorada duró unos veintiún años, de 1845 a 1866. En su punto álgido, la cochinilla llegó a suponer alrededor del 90 por ciento de las exportaciones canarias. Casi todo lo que salía de las islas era este polvo rojo.
El final empezó en 1862, y no vino de una plaga ni de una sequía. Vino de la Exposición Internacional de Londres, donde se presentaron los avances en tintes artificiales. Pocos años después, el carmín sintético existía, era más barato y se fabricaba en cantidad ilimitada.
El mercado desapareció en poco más de una década. Es uno de los casos más claros de una economía entera construida sobre un producto que un laboratorio volvió prescindible.
Qué queda hoy
Quedan dos pueblos. El cultivo, que llegó a cubrir buena parte del archipiélago, se ha reducido prácticamente a Guatiza y Mala, en Lanzarote.
Y ha vuelto a tener sentido, por una razón que nadie habría previsto en 1866: la demanda de colorantes naturales. Lo que hundió a la cochinilla fue la química; lo que la sostiene hoy es la desconfianza hacia la química.
El producto canario cuenta además con reconocimiento de origen, algo insólito para un tinte.
Qué ver, y cómo mirarlo
El tramo de tuneras entre Guatiza y Mala se atraviesa por carretera, y de lejos parece simplemente un cactus más de Lanzarote. Cambia cuando sabes qué estás mirando:
Las hileras son ordenadas, no dispersas. Es una plantación, con marcos de plantación regulares.
Las manchas blancas sobre las palas son la cochinilla, protegida por una capa cerosa. No son enfermedad ni descuido: son la cosecha.
No arranques nada ni entres en las fincas. Son cultivos privados y de rendimiento bajo, y una pala dañada es producción perdida.
En el mismo tramo está el Jardín de Cactus, que le da a la zona un sentido añadido: la comarca de la tunera acabó teniendo el jardín de cactus más conocido de la isla.
Para encajarlo en la ruta, la guía de Lanzarote. Y si te interesan los cultivos que se visitan, el ecoturismo en Canarias recoge fincas y bodegas con la misma lógica.
Fuentes
Historia de la cochinilla en Canarias: expansión a principios del siglo XIX, época dorada de 1845 a 1866, hasta el 90 por ciento de las exportaciones, declive desde 1862 tras la Exposición Internacional de Londres y la aparición del carmín artificial.
Situación actual del cultivo, reducido a Guatiza y Mala, en Lanzarote.
Foto de portada: plantación de tuneras en Guatiza, Teguise, Lanzarote. Fotografía: Bolinhodeamor, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons.
